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2020 y el tiempo perdido

Hoy encontré algunas agendas viejas, de esas que ya ni me acordaba que conservaba, pero sí, estaban escondidas en una caja que no abría desde mi última mudanza. Cinco agendas de cinco años diferentes.

Cuando me enfrento a este tipo de hallazgos me pasan dos cosas: la primera es que me da una cierta nostalgia y soy consciente del paso del tiempo, y la segunda es que, luego de sobreponerme al shock de la primera reacción me entusiasma empezar a hojearlas para descubrir quién era yo por aquellos años.

Las agendas difieren mucho unas de las otras. Algunas son muy chiquitas y otras muy grandes, como mis expectativas. Varias tienen solapas para guardar notas, están llenas de señaladores, papelitos pegados, fotos, tickets del supermercado, flores secas, dibujitos de mi hija...

Nada me da mayor decepción que encontrar una agenda a medio llenar, con días vacíos, como si no los hubiera vivido: sin turnos, sin encuentros de trabajo, sin clases por tomar. ¿Qué me estaba pasando por esos días? ¿Estaba tan cansada como para no llenar sus páginas? ¿Estaría tan ocupada o tan desocupada? Ahora, ya no me acuerdo y hasta da lo mismo...

Pero qué placer me da recorrer agendas en las que me encuentro con mi letra ilegible en tinta azul de estilográfica.

Entonces me veo desde afuera, muchas veces sentada en un café, escribiendo lo primero que se me venía a la cabeza. Reflexiones propias, frases ajenas o de libros que estaría leyendo, títulos de películas que alguna amiga me habría recomendado, anotaciones del Metro, el diario, que agarraba en la estación de trenes mientras iba al centro de Londres. Esas agendas son mis preferidas porque siempre hay algún detalle que no recordaba. Qué frágil es la memoria a veces...

Me da satisfacción leer fechas y hacer un esfuerzo para recobrar ese día en mi memoria, qué es lo que estaría pensando o sintiendo que me llevaría a escribir ese texto o anotación. A veces logro recordarlo pero, muchas otras, no. El tiempo siguió su curso y no dejó tantas secuelas como yo creía que iba a dejar, a pesar de que sentiría que estaba en un instante primordial o definitorio de mi vida.

O será que, precisamente gracias al paso del tiempo, lo que tenía que sanar sanó. Pero eso no está anotado en ninguna de las agendas.

Hoy decidí guardar las agendas más a mano, porque quiero volver a mirarlas y leerlas con mayor detalle. Incluso, tal vez al volver a abrirlas, me de cuenta que esa que escribe lo hacía mucho mejor de lo que lo hago ahora y quiera recuperarla.

Somos las mismas personas que garabatearon esas agendas, pero es difícil no mirarse con los ojos de los que somos hoy.

En estos días tan raros nos dicen que el 2020 es un año perdido, no vivido, y yo no estoy tan de acuerdo. Cada experiencia es única pero, ojalá podamos atesorar el tiempo de alguna forma, incluso diferente a como lo hacíamos antes, porque aunque la gran mayoría no llenemos las páginas de nuestras agendas como antes, si podemos contarlo es porque definitivamente lo vivimos.   

Hasta la próxima. 


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