Seguramente mucho se ha escrito y mucho se escribirá acerca de la genial María Elena Walsh.

Recorriendo su biografía nos imaginamos lo joven que era cuando empezó a escribir, sus viajes, sus publicaciones y recrearemos un sin fin de imágenes que tal vez desconocíamos.

Para mí las canciones de María Elena Walsh son el recuerdo de mi infancia, y también de la crianza de mi hija. Son varias generaciones de chicos argentinos sonriendo con el mono liso o el show del perro salchicha.

Es la señorita Alicia enseñándome a tomar el té en el jardín de infantes con la tetera que no se ve.

Ya de grande, y mientras escucho el cuento del diablo inglés junto a mi hija, es la congoja en la garganta al recordar la barranca de Santa Coloma en Bernal, Provincia de Buenos Aires, precisamente lugar donde ocurrieron las invasiones inglesas y donde pasé muchas horas de mi infancia jugando en las mismas tierras en que Tomás el protagonista de la historia se encuentra en medio de la noche con el diablo un soldado inglés y con ‘ña Manuela, una suerte de curandera que con un simpático acento dice que el soldado habla 'idioma de diablo'.  

Hace poco estuve visitando ese rinconcito de mi infancia, las hamacas, la calesita chueca, las sillas voladoras de las que solo queda el eje central, la vieja casona de Santa Coloma...  y no pude evitar sentirme invadida por el ayer en forma de sonrisa, juegos y travesuras.   

El descubrimiento de “Serenata para la tierra de uno” es, además, un canto a quienes estamos lejos de los pagos. “Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy”… Quién hubiera podido expresarlo con mejores palabras.

No hay mucho para decir, simplemente dejarse llevar de la mano como cuando éramos chicos esbozando un sincero y profundo agradecimiento por habernos ayudado a entender tantas emociones en forma de canción que seguirán ayudándonos a transitar la vida...

(Publicado originalmente en 2012)

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Hoy termino el jardín de infantes

Esta semana mi hija termina el jardín de infantes, y siento que en cierta forma yo también finalizo algo. Será el haberla acompañado durante dos años al mismo lugar, a la misma hora y en el mismo canal. Será haber visto sus lágrimas y desconcierto, su carita de 'no entiendo nada mamá no me dejes acá'.

Recorrí con ella el camino de encontrarse en un lugar y sentir que quería salir corriendo, pero desde otro lado, mostrándole que ella sí debía quedarse y tratar de encontrar lo positivo de la experiencia. Ella lo logró y yo sigo intentando día a día mi propia experiencia migratoria.

Siempre digo que emigrar es una segunda vida dentro de la misma, y lo sigo sosteniendo. Dicen que a algunos les cuesta menos… Esos algunos, a veces, también mienten, son valientes que se las saben todas y en apenas unos meses tienen un master. Yo descreo de esa clase de persona, prefiero los honestos que no dan pie con bola a los sabiondos de cafetín.

Termino mi jardín yo también. Algo tardío dirán… Puede ser, pero yo también tengo logros que podría empezar a reconocerme. En principio la sinceridad de poder seguir siendo quien soy viendo que lo diferente es lo que me hace brillar, por decirlo de alguna forma.

Por ejemplo, mi idioma, que tantos problemas y dolores de cabeza me dio, no es una desventaja como creí al principio.

Me enorgullece el placer diario de poder enseñarle mi cultura a mi hija, algo que para cualquier padre en su país natal no sería un objetivo en sí mismo pero lo es para quienes emigramos.

Hace nueve años no podía ni cruzar la calle sin mirar hacia ambos lados unas trescientas veces. Ni hablar de manejar por la izquierda. Hoy puedo estacionar entre dos autos sin sentir terror, incluyendo un Lotus adelante y un Porche —que no son míos— sin siquiera rozarlos, con el volante al otro lado y subiéndolo al cordón como tengo que estacionar en mi calle donde no abundan los espacios.

Hoy a la mañana mientras hacía tiempo para la fiestita final del jardín escuchábamos a María Elena Walsh y no dejo de sorprenderme de su gran sabiduría para decir tantísimas cosas y saber llegar. Mi hija canta entusiasmada “La canción del Jacarandá”, “La reina Batata” y “El show del perro salchicha” —con interpretación incluída, a mí me toca la gaviota medio marmota y a ella el perro salchicha gordo bachicha—. Creo que aún hoy nadie logró sacarle siquiera una lucecita de destello a esta gran señora de la canción que nos supo alegrar de chicos y sigue haciendo lo mismo con nuestros hijos.

Debo reconocer que hace algún tiempo me sentía bastante identificada con la Mona Jacinta, pero esa etapa por suerte se terminó. Ahora soy la vaca sabia de Humahuaca.

Un beso grande a todas las que terminan el jardín y siguen estudiando.

(Publicado originalmente en julio de 2010)

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