Un barrio como ningún otro, un barrio con historia y donde todo parece ser histórico. Pero las miradas pueden ser otras si sólo nos animamos a salir de ellas.
Escribe: Silvia Demetilla
Barrio de tangueros y malevos, revoluciones y amnistías. San Telmo- Buenos Aires- lo dice todo y sin embargo, la otra mirada siempre está ahí, distinguiéndose. Convivencias miles de seres sin rostro que buscan en la basura. Mercaditos chinos abastecen las veinticuatro horas. Radiografías baratas de un pueblo que no se anima a mostrar la verdadera cara de la moneda. O sí. Pero no hablemos del tango, el bandoneón y la media de red. Hablemos de los ojos rasgados, la crisis, la pizza de parado, el cotillón de la vida. Hablemos de la variedad, de las prostitutas en sus cuartitos, de los negocios viejísimos terminando de existir. De las cortinas rasgadas por donde se ve la verdadera cara de San Telmo.
La cara arrugada de la vida, de la noche y de la esperanza de mostrarse tal cual es.
Hablemos de lo que significaría si un día San Telmo se quedara sin turistas. De los negocios pitucos vendiendo antigüedades camufladas –aunque también hay de los otros-. Veamos la verdadera cara, la cosmopolita de un barrio que trasciende al Starbucks en plaza Dorrego – vergüenza da ver al reducto tan armado en la esquina más emblemática del barrio porteño.
San Telmo duerme y despierta. Día y noche. Sorprende, sigue existiendo.
Con o sin turistas que le den de comer, porque para trascender de estas calles hay que haber vivido historia.
Sólo como San Telmo pudo haberla vivido.



























